Voz velada. Vista velada
a quien ya no tiene
/la mirada adecuada/
Y le ponen gafas
para ver /la oscuridad
certificada/.
Vera de Prado
...
…
Porque, quizá,
siempre recorrí calles solitarias que me llevaron a parajes desolados, montañas
sin agua, horadadas y vacías…
Porque, quizá,
perdido de todos, para todos y sus intereses, busqué en mí la culpabilidad, la
disidencia de mí mismo, recorriendo esas calles donde las esquinas te rechazan,
y perdido de mí, solo encontré restos, luces rotas, ilusiones que no nacieron,
podridas en callejas truncadas, hedor y ecos de pasos pautados, los ecos de los
extremos, habitaban en mí, los conozco, noche tras noche escuché el retumbar de
su avance, venían a mí en la oscuridad, delatando paredones en el laberinto, ahora decorado
con otros colores que destiñen las calles de mi alma, en donde palpo los
desconchones de las balas que tantas partes de mí, asesinadas, no se llevaron, allí
donde me acurruqué y aun tiemblo y tiemblo al recordarlo, esperando que esa vez
no me encontrasen, pues ya no quedaba nada en mí, y marchasen con su paso
militar y muriesen con la noche que muere en silencio, y, solo así, intentar
levantarme entre los restos de mis cadáveres, para llegar al revés a ninguna
parte en mí,
- vamos
Porque, quizá,
al cerrar los ojos, cuando los demás reclaman luz muerta, como inútiles
cosmonautas que contemplan agujeros negros
para no ver las
ratas que les devoran,
y soñar con las
ausencias, con todas y cada una de las ausencias que conforman mi presente,
sintiendo que sin ellas no sería lo que hoy soy, lo que no era de aquellas,
allí, ya de pie, con el desvelo entre luces artificiales, me recuerdo mirando,
embelesado, a una máquina que removía un granizado de hielo, simulaba la niebla
en la que viví unos años, se ondulaba igual que ésta cuando lamía y borraba el
paisaje en su descenso desde las cumbres, niebla espesa que todo lo cubre, manto
de cristales que rasgan y velan la luz del que mira, como un eclipse total
certificado, el inicio del ritual de niebla de tormenta entre las calles,
simétricas, de mi cerebro, por allí aparece su eco, como viento gélido que te
barre cuando ya sólo eres escamas, sin nada de ti que te sustente, ya nada, el
viento en la calle del medio, sin esquinas, que te barre porque ya todo en ti
es vacío, ese viento inútil que siempre te hunde hasta que aprendes,
llorando, a volar...
- vamos
Porque,
quizá,
cuando tu mirada
es perdida hacia dentro, y la lucha de tus egos en ese espejo roto y negro que
te abofetea hasta desear la muerte,
quizá,
después de un
rato, te reconoces, a veces un largo rato, si intuyes que has lavado los falsos
colores que cegaron y engañaron tu raciocínico, a veces, solo a veces, te
reconoces en la oscuridad, entre los extremos de tu mente, allí donde habitan
las luces, y entre ellas caminas en la sombra, hasta dar consistencia a los
perfiles, como el agua que justificaba las riberas, antes de que la
inteligencia artificial secase nuestros ríos, y las imágenes se estriegan en tu
cerebro, la suciedad fluye entre los surcos, se apantana en tus ojos, allí la diseccionas,
intentas reconstruir un tiempo en el que nada brilló, guiados por la negra luz
del círculo oscuro, en ese ritual invertido en el que nadie ganó, nada brilló,
ni las ausencias, aunque sí hubo un destello que no fue observado, medido,
cuantificado, que, quizá, nació del punto ciego, y fue el germen que no consiguieron exterminar, el de la
última revolución, pero yo ya estaba en
ella, con mi punto de fuga interno, lejos de esos colores artificiales arrancados, de donde extraigo estas
imágenes, pero aun así me recuerdo en ellos,
- vamos
porque ellos
tiñeron mi ausencia, me llevaron a los márgenes en donde escribo, allí donde
las notas no buscan pentagrama, esa zona que nominan silencio, al que regreso, finalizada
esta variación, donde todo vibra en frecuencias inaudibles desde sus nichos pautados,
diales ignotos que anuncian una nueva dimensión, pues a través ellos se sublima
lo que soy, una tintura de Blues, la que mancha estos folios cuando se desborda
algo en mis ojos, filtrando, recogiendo de la magaya piedras y luces rotas,
restos,
- vamos
(Puede parecer
que huimos, sí, pero sabemos de la mirada del águila que levanta el vuelo, en
busca de los horizontes verdes, muy por encima de la tierra que alumbran, muy
por encima de los que son sacrificados cara al sol negro, y conocemos la
ruta de los vientos inútiles, los que escapan de tragedias
programadas, hacia la avenida del Atlántico, allí donde conocimos a Vera,
y nos susurró que siguiésemos la ruta del fin del mundo, esa carretera
secundaria, olvidada, que parte de nosotros y llegará a nosotros, si somos
capaces, imaginando, sí rompemos el círculo vicioso de las dos dimensiones
contrarias, las que buscan encadenarte a las tierras asoladas, y dibujar espirales
en el cielo, caminos efímeros a la vista de los que no quieren, no saben, no
pueden ya, aun ardiendo, mirar, pues desconocen que el vuelo del águila no deja
rastro) (...)
suya ahora es la
autopista hacia el infierno, sus peajes…
- vamos
porque ahora
recorremos carreteras solitarias que nos llevan a parajes donde la vida brota a
cada paso que damos, montañas llenas, la Magia que subimos: nuestro camino
...
y ya solo
buscamos rescoldos de fuegos internos en miradas que son faros, guías en los
finales de este mundo ya digerido, a la espera de excretar restos,
los restos de
mis cadáveres en mi ausencia
de los que
mana la fuente
…
Fuentes:
En estas líneas se parafrasean unos versos de una estrella
que nos guía: Luis Miguel Rabanal.
Asimismo, también se parafrasean unos versos de quien nos
enseñó a escrutar el cielo sin creernos los egocéntricos del universo, obviando
a las ratas que nos devoran: Manuel Vázquez Montalbán.
Existe un rescoldo que se aviva desde La Negra Luz del Círculo
Oscuro. Libro de relatos de José Luis García Cordonié (José G. Cordonié), cuya
ficción de lo extraño nos asombra y recomendamos leer mientras se escucha su playlist.
(Me) Pido perdón, a quien corresponda, por haber vaciado un
poco más los ríos, al consultar y refrescar a la IA, mientras me cuezo inmerso en estos tiempos agostados. Esta sociedad es la paradoja de la rana que se cuece
en el cazo de sus excrecencias.
A veces, desde que salí de esta niebla, cuando aprendí a desenredar
mi insomnio escrutando cielos despejados, me sorprende una estrella que nace de
la oscuridad y a la que intento seguir. Esa chispa nace de un verso de Gsús
Bonilla.
El párrafo que encabeza es un poema no escrito por Vera de
Prado, y se ha confeccionado con extractos de conversaciones mantenidas con
ella. Conocimos a Vera cuando se hallaba recitando a Gabriela Mistral en una calle de Punta Arenas, enfrente de la Casa Naranja. Visualizo que será la
escritora referente del amanecer que se vislumbra desde la carretera del fin
del mundo. Con Vera de Prado supe que lo que buscaba no estaba en los finales, pues
ella me señaló el origen, lo que corre por sus venas, lo único necesario para
romper el círculo y aprender de la vuelta dada.
Escribo desde la montaña, allí, desde las cumbres peladas de
mi chota, observo el eclipse de la Tierra que se asoma en el ojo del culo, y estudio y admiro los vientos que se
aprovechan de la tormenta para volar más alto, enseñanzas de la señora Águila.
Diferentes vientos, en bandadas o en vuelo solitario, nos
han de llevar al mismo sitio. Desde la admiración quiero dedicar las frases que
correspondan a quien conoce del dolor y mantiene el rescoldo de la llama en sus
ojos. Sol que no se eclipsa y Zapi,
Gracias.
Es premisa alquímica que todo nace de lo que arde y se
consume. Todo está interconectado y nada tiene medida. Todo nace de un
Ardimiento, como bien sabe Esteban Gutiérrez Gómez, del que esperamos nuevas,
buenas como siempre, en breve.
Se te recuerda, Rodri.
De la negritud surge la gran obra, el nigredo y el rubedo,
lo negro y lo rojo, la noche más oscura y el rojo amanecer (sí, la alquimia es
anarquía, como nos enseña el maestro Andityas Matos, y no tiene medida ni
bandera ni pertenece a los -ismos). De ello sabe mucho el gran Odklas,
que con sus Cuadernos Negros (en donde se vislumbra el rubedo), consigue, el
muy cabrón, otra Gran Obra.
Antes de regresar al Silencio, me gustaría recordar al Poeta
David González, leo Tocayu de David Mardaras, quien siendo, lo que es abajo es arriba, luz efímera como la
vida en esta tierra, ya es estrella que hay que saber observar y leer, como saben
los originarios seguir los patrones de huellas en el polvo.
Cierro, pues me sale de los cojones, con un verso de Lope de
Vega:
(…) ni temas a la mar, ni esperes puerto.
Fluye, pues
…