Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

miércoles, 11 de junio de 2014

Pepe Pereza/El perro, relato extraído de Esquinas(Lupercalia)


Vídeo de Velpister ...

Apuró la bebida de un trago y pidió más de lo mismo. El camarero le llenó la copa y él la vació de inmediato. Con un gesto indicó que volviese a llenarla y el barman así lo hizo. Esa vez se lo tomó con calma, es decir, a pequeños sorbos. Estaba tan conmocionado por lo que había visto que únicamente el alcohol podía tranquilizarlo. Al recordarlo se le revolvió el estómago y estuvo a punto de vomitar sobre la barra. Abandonó la bebida a medio consumir y corrió hasta los servicios. Le dio el tiempo justo de asomarse al retrete y soltar por la boca: desayuno, almuerzo y el coñac recién ingerido. Lo echó todo en media docena de vómitos convulsos y amargos. Tiró de la cadena y se sentó sobre el inodoro para recuperarse. No podía asimilar lo sucedido. No quería hacerlo. Se echó a llorar. Hacía un cuarto de hora que había visto a su hija al otro lado de la acera. Le extrañó, ya que a esas horas ella tendría que estar en la oficina donde trabajaba. La llamó pero con el ruido de la calle no le oyó. Se fijó en que iba muy ligera de ropa. Un coche se detuvo a su lado y ella mantuvo un breve coqueteo con el conductor. Después montó en el automóvil. Él observó cómo el vehículo se ponía en marcha y se perdía entre el denso tráfico. Al principio no entendió qué pasaba. No consiguió comprender el comportamiento descocado de su hija con el conductor ni por qué iba tan escasa de ropa. No lo dedujo hasta que se fijó en las otras señoritas que aguardaban junto a la acera y que iban vestidas de la misma guisa que su hija. Entonces cayó en la cuenta de que eran prostitutas a la espera de un cliente. Su hija había encontrado al suyo y en esos momentos estaría ocupándose de él. Otra arcada. Apenas le quedaba nada en el estómago, tan solo bilis y saliva. Cuando dejó de echar espumarajos y babas se incorporó y trató de serenarse. El solo hecho de pensar en su hija chupándole la polla a un desconocido le hizo enfermar hasta el punto de vomitar otra vez. Definitivamente ya no le quedaba nada en las tripas. Se lavó la cara, salió de los servicios y se dirigió a la puerta del local. El camarero le llamó la atención:


  • Oiga, que no ha pagado…

Arrojó un billete sobre la barra y se marchó sin esperar el cambio. En la calle hacía frío. Caminó de regreso a casa preguntándose si debía, o no, contárselo a su mujer. No se vio con fuerzas para una confesión de tal magnitud. No quería ver a su esposa angustiada por culpa de su hija. Si ella se enterase… Estaba seguro de que no lo soportaría. Un disgusto así la mataría. Todo era demasiado complicado. Ni siquiera podía pensar con claridad. Sus emociones eran una amalgama que iba de la decepción más absoluta a la tristeza más dolorosa, pasando por el disgusto, la ignominia y el enfado. Que a cada segundo que pasaba era más y más evidente. Qué padre que se preciase de serlo no estaría cabreado al descubrir que su hija era una fulana. Estaba furioso, más que furioso. Su esposa y él le habían dado todo. Se habían sacrificado de cien mil maneras diferentes para que no le faltase de nada. Y ella, su hija del alma, se lo agradecía haciéndose puta. Sí, realmente estaba rabioso ¿Cómo había caído tan bajo? ¿Cómo? Sintió deseos de matarla, de agarrarla por el cuello y apretar, apretar, apretar, apretar, apretar, apretar… La vista se le nubló y estuvo a punto de desplomarse. Se acercó a un banco y se sentó en él. Le dolía el pecho y le faltaba aire. Respiró profundamente. El sudor le caía por la frente y la espalda. Notó cómo su camisa se empapaba debajo de la chaqueta. Por un momento creyó que no iba a sobrevivir y que moriría allí mismo de un ataque al corazón. Casi se sintió aliviado ante esa perspectiva. Si moría se libraría de tener que hablar del tema con su mujer. Sobre todo se libraría de tener que mirar a su hija la próxima vez que se encontrasen.

A los pocos minutos se recuperó. Su respiración se acompasó y su corazón volvió al ritmo acostumbrado. Levantó la mirada. Todo seguía igual. Al mundo se la sudaba que su hija fuera una prostituta. Sintió deseos llorar, pero el hecho de estar en un sitio público le cohibió. No pudo entender por qué ella derrochaba su juventud optando por ese modo de ganarse la vida. Un pitbull llegó hasta el banco donde estaba sentado. El perro le olisqueó los zapatos. A él nunca le gustaron los perros, menos si eran tan grandes. Apartó los pies escondiéndolos debajo del banco. El perro siguió con el hocico pegado a ellos. Pensó en darle una pequeña patada pero tuvo miedo de enfadarlo y que le mordiera.


  • Vete de aquí, chucho del demonio.

El perro le miró de soslayo y luego volvió a los zapatos.


  • ¡Maldito animal! ¡Fuera!

Un joven de la edad de su hija se acercó al perro y cogiéndole por el collar lo apartó del banco.


  • Vamos Thor.
  • Los perros tienen que ir con correa. Está prohibido dejarlos sueltos.
  • Tranquilo, no es peligroso.
  • Da igual que sea o no peligroso, el caso es que está prohibido que los perros vayan sin correa.
  • Lo que usted diga, abuelo.
  • ¡Maldito hijo de puta! Te metes tu condescendencia por el culo, ¿me oyes?
  • ¡Sin insultar, eh! Que yo no le...
  • Os creéis que por ser jóvenes tenéis derecho a hacer lo que os venga en gana. No respetáis las leyes, ni a vuestros mayores. Sois unos sinvergüenzas y unos caraduras.
  • Pero, oiga…
  • Estáis acostumbrados a pedir y a recibir sin dar nada a cambio. No valoráis las cosas porque os han sido dadas. No habéis pasado penurias como nosotros. No sabéis lo que es trabajar de sol a sol. Pero algún día os daréis cuenta de lo equivocados que estáis.
  • Mire, abuelo, los sermones ni en Misa.
  • Yo no soy tu abuelo, ¿me oyes?

El perro al notar que las cosas se descontrolaban se puso a ladrar y a enseñar los dientes. El joven tuvo que agarrarlo firmemente de la correa.


  • ¡Que te jodan, viejo cascarrabias!

Y se alejó tirando del collar del pitbull.

El hombre salió del parque, llegó al portal de su casa y entró. Unos minutos después salió con una escopeta de caza. Tomó el camino de regreso y lo recorrió presuroso. La rabia que sentía le había nublado el juicio. Llegó al lugar y buscó al joven. Lo vio a lo lejos charlando con otro muchacho. Escudriñó los alrededores hasta dar con el perro. El animal correteaba por el césped sin ser consciente de lo que se le venía encima. El hombre apuntó con el arma y, cuando estuvo seguro de no fallar, apretó el gatillo. Las postas impactaron en la barriga y el pitbull se desplomó en el suelo con las tripas fuera. Por un momento, en vez del cadáver del perro, vio a su hija tirada en la hierba. Tenía los ojos abiertos, vueltos hacia arriba y un hilo de sangre le bajaba desde la comisura de la boca hasta la barbilla. Dio un paso atrás perturbado por la visión. Entonces la realidad se hizo de golpe y distinguió al animal muerto. El hombre se sintió aliviado de que no fuera su hija la que estaba sobre el césped con los intestinos colgando. Por otro lado tomó conciencia de lo que acababa de hacer. Había captado la atención de los presentes. Notó sus miradas clavándose como dardos. Y a modo de disculpa susurró:



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