Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

domingo, 21 de marzo de 2010

El anuncio/Pepe Pereza


Sacó la ropa de la lavadora y la fue colgando en el tendedero de la terraza. Al fondo, en el cielo, unas nubes amenazaban con descargar. Pensó que siempre llovía cuando ella hacía la colada. Cuando terminó de tender la ropa, no quiso arriesgarse y extendió un plástico por encima del tendedero. Entró en la cocina y vio que de la cazuela, que estaba al fuego, salía una columna de humo. Rápidamente, la apartó del fogón y apagó el gas. Afortunadamente, había llegado a tiempo para salvar el guiso. Tuvo que sentarse un momento, ya que sintió un leve mareo. Estaba cansada, y para rematarlo, esa mañana le había venido la regla. Se encendió un cigarro. Al otro lado de la pared escuchó la voz de su vecina abroncando a su hijo de ocho años. Sin saber por qué, se puso a llorar. Últimamente estaba muy sensible y lloraba por cualquier cosa. Se secó las lágrimas con un pañuelo de papel, apagó el cigarro y dispuso la mesa para comer. La visión de un solo plato sobre la mesa tenía un ligero tono de patetismo. Se sirvió de la cazuela, pero se dio cuenta que había perdido el apetito. Apartó el plato de su lado y se encendió otro cigarro. Las gotas de lluvia golpearon sobre los cristales de las ventanas. Levantó la mirada y se quedó mirando hacia la lluvia. Sin más, las lágrimas brotaron de sus ojos acompañadas de un leve y lastimero gemido. Apagó el cigarro con rabia. Se sintió tonta y trató de calmarse. Se preparó un café bien cargado y lo acompañó de unas pastas. Se regañó mentalmente por comerse las pastas y no el guiso. Inconscientemente se palpó la zona de la cintura en busca de posibles michelines, pero no halló 30 nada de grasa sobrante. Siempre tuvo una buena constitución y podía comer de todo sin engordar. Desde que se hizo mujer siempre lució una bonita figura. En eso, al menos, tenía suerte. Terminó con el café y las pastas y lo recogió todo. El guiso del plato lo devolvió a la cazuela y luego fregó toda la vajilla. Se secó las manos y salió de la cocina. Entró en el salón y recogió de la mesa los sobres, aún sin abrir, de las facturas del mes. El alquiler, la luz, la calefacción, el teléfono… Los dejó con fastidio sobre la estantería y se acercó a mirar por la ventana. Estaba cayendo una buena chaparrada. Abajo, en la calle, la gente se refugiaba en los soportales o debajo de sus paraguas. Todos caminaban deprisa y parecían enfadados con sus vidas. Quiso ponerle banda sonora a aquel panorama gris y melancólico y eligió a Cesaria Évora. Pero en cuanto sonaron las primeras notas del disco “Mal Azul”, se sintió angustiada y apagó el equipo de música.

- ¡Maldita sensibilidad femenina! – se dijo volviendo a la ventana.


Seguía lloviendo. Un cambio en la dirección del viento hizo que la lluvia se precipitase con fuerza azotando los cristales de la ventana. Se asustó ligeramente. Estaba harta de tanta lluvia y deseaba con todas sus fuerzas que llegase la primavera y el buen tiempo. Ella procedía de un país de clima ecuatorial y no terminaba de acostumbrarse al frío del Norte de España. Echaba de menos a los suyos. Tanto que no lograba apartarlos de su cabeza en ningún momento. Se encendió un cigarro y echó el humo contra el cristal de la ventana, llenándolo de vaho. Se sacó del bolsillo de atrás
de sus vaqueros una nota. La leyó una y otra vez. Parecía importante. Finalmente, se la guardó de nuevo en el bolsillo. Antes de acabar el cigarro, se dio cuenta que ya apenas llovía, tan solo unas pocas gotas. Sonrió y apagó el cigarro en el cenicero.

En el baño se cambió el tampón y después se maquilló un poco. Quería disimular las ojeras y sentirse hermosa. Se quedó mirándose en el espejo. Aún era joven y tenía una vida por delante. Una vida, por otro lado, llena de responsabilidades. Demasiadas, ya que los suyos dependían de los ingresos que ella enviase. Delante del espejo improvisó diferentes gestos, finalmente se sacó la lengua a sí misma y salió del baño. Entró en el salón y se sentó en el sofá. Con el mando a distancia puso en marcha el aparato de televisión. Buscó su canal preferido y se encendió un cigarro escuchando las noticias. Nada más darle dos caladas, pensó que fumaba demasiado y lo apagó en el cenicero. Las noticias eran las de siempre: guerras aquí y allí, conflictos, intereses, el cambio climático, políticos increpándose, mentiras, mentiras y más mentiras… Apagó el televisor. Inconscientemente cogió el paquete de tabaco, pero cayó en la cuenta de que no quería fumar tanto y lo volvió a dejar sobre la mesa. Sin embargo, el cuerpo le pedía a gritos un poco de nicotina.


- ¡Qué diablos! – dijo como si nada importase.


Cogió un cigarro y lo encendió. Con inusitado placer se llenó de humo los pulmones para después expulsarlo por la boca y la nariz en forma de volutas. Se volvió a acercar a la
ventana. Mirar por la ventana era mucho mejor que ver las noticias. Definitivamente había dejado de llover y el cielo empezaba a despejarse de nubarrones. Abajo, en la calle, la gente seguía con sus prisas y sus rostros serios y alargados.

- ¿Adónde irá toda esa gente tan malhumorada? – se preguntó a sí misma sin entender el comportamiento de las mismas.


En su país se tomaban las cosas con más calma y se sonreía más. Alguien llamó al timbre de la puerta. Acudió a abrir. Eran su vecina y su hijo de ocho años.


- Cariño ¿podrías quedarte con el niño mientras bajo a hacer una llamada al locutorio?
- Claro que sí. - Apenas serán unos minutos - No te preocupes, mujer, tómate el tiempo que sea necesario. - Eres un sol… (al niño), y tú pórtate bien… - ¿Por qué no puedo bajar contigo? – protestó el niño. - Porque no. Tú te quedas aquí. Será solo un momento – intentó convencerle su madre. - Si te quedas conmigo te podré una película muy bonita que tengo – añadió ella. - ¿Qué película? - Una de dibujos animados. - ¿De dibujos? - Sí. - Vale, entonces me quedo. - Enseguida vuelvo –dijo la madre dirigiéndose a las escaleras.

El niño y ella entraron dentro de la casa. La película era “Pinocho” de Walt Disney. El niño sentado en el sofá miraba la pantalla sin pestañear y con la boca ligeramente abierta. Ella regresó de la cocina con un vaso lleno de zumo de naranja. Se lo dio al niño y se sentó a su lado.


- ¿Sabes que yo tengo un hijo de tu misma edad?


El niño se limitó a asentir con un gesto de cabeza. Después bebió del vaso y siguió mirando la pantalla del televisor. Sintió deseos de abrazar al niño. Unas ganas enormes de llorar la obligaron a levantarse y salir del salón. Se encerró en el baño y cubriéndose la cara con una toalla dio rienda suelta a sus sentimientos. Estuvo llorando durante un par de minutos. Ahogando sus llantos contra la toalla. Cuando consiguió calmarse, apartó la toalla de su rostro y vio que había dejado unas pequeñas manchas de rimel. Se miró en el espejo. Tenía el maquillaje corrido y los ojos rojos. No pudo por menos que sentirse avergonzada por el exceso de dramatismo del que estaba haciendo gala. Aunque quién podría reprocharle algo. Hacía casi un año que no veía a su hijo y era comprensible que le echara tanto de menos. Se lavó la cara y volvió maquillarse. Apenas se notaba que había llorado. Salió del baño y entró en el salón. El niño seguía mirando la película. Se sentó a su lado.


- ¿Te gusta la película?


El niño asintió con la cabeza sin dejar de mirar a la pantalla.


- Ya te dije que era muy bonita… Es la preferida de mi hijo.
- Yo ya la había visto. Aunque no me acuerdo mucho porque era más pequeño. - Yo también la vi cuando era pequeña. Mucho más pequeña – dijo riéndose.

El niño sonrió, más que nada, por seguirle la corriente. Ella no pudo evitar acariciarle el pelo. Lo que daría por tener a su hijo sentado junto a ella. El timbre de la puerta volvió a sonar.


- Seguro que es tu madre, que ya está de vuelta.
- Seguro – contestó él sin dejar de mirar la tele.

Se levantó de sofá para abrir la puerta. El niño la siguió con desgana.


Después de devolverle el niño a la vecina, regresó al salón y se quedó mirando la película de dibujos animados. De nuevo lloró. Esta vez sin cohibirse. Intentó, a base de lágrimas, vaciarse de todo el dolor. Trató de expulsar toda la soledad que este país le regalaba. Con su llanto quiso arrancarse la añoranza que sentía por su hijo y los suyos. Pero por mucho que lloró no consiguió nada de eso. De pronto cayó en la cuenta de que tendría que maquillarse otra vez y empezó a reírse a carcajadas. Se rió tanto que los abdominales empezaron a dolerle y eso le causó más risas. Las lágrimas siguieron brotando de sus ojos, pero
esta vez a causa de la risa. Al cabo de unos minutos se calmó. Cogió un pañuelo de papel y se secó los ojos, después se encendió un cigarro.

- ¡Dios mío! Estoy volviéndome loca – dijo expulsando el humo.


En la pantalla, Pinocho se transformó en un burro…
A las cinco menos cuarto de la tarde ya estaba arreglada y dispuesta para salir a la calle. Salió de casa persignándose y bajó por las escaleras rezando una pequeña oración. Antes de abandonar el portal aprovechó para encenderse un cigarro. En la calle hacía frío. Se abotonó y se subió el cuello del abrigo. Al poco, empezó a llover.

- ¡Mierda de lluvia! – maldijo cabreada.


Un hombre que salía de un bar la miró con desprecio. Aunque ella se dio cuenta, siguió andando como si nada. A parte del frío del Norte, estaba harta de esos españolitos que la miraban por encima del hombro, sintiéndose superiores. Años atrás, algunos de los familiares de esos españolitos tuvieron que emigrar a otros países para poder subsistir. Estaba claro que la gente olvidaba con demasiada facilidad. Al pasar por delante del escaparate de una tienda de ropa, se detuvo a mirar un conjunto que le quedaría estupendamente a su hijo. Cuando vio el precio se dio cuenta de que no podía permitírselo. Ya llegarían tiempos mejores. Siguió andando. Al pasar por unos soportales, una señora estuvo a punto de sacarle un ojo con una de las varillas de su paraguas.


- Señora, tenga un poco de cuidado. Ha estado a punto de sacarme un ojo.
La señora hizo oídos sordos y siguió su camino. Ella no entendía que alguien que ya iba protegido por un paraguas se arrimase tanto a la protección de los soportales impidiendo que personas desprotegidas se resguardasen de la lluvia. Y no era un caso único. Ese tipo de mujeres abundaba en los días lluviosos, eran tan egoístas y egocéntricas que pensaban que toda la calle era suya. Cuando llegó a su destino estaba empapada. Entró en las oficinas del periódico y se acercó a la ventanilla de información. El joven que la atendía estaba leyendo algo. Ella aguardó pacientemente a que se dignara a atenderla, pero el joven seguía enfrascado en su lectura. No pudo ver qué estaba leyendo, la estrechez de la ventanilla se lo impedía. Carraspeó para llamar la atención del joven, pero como si nada. Tal vez estaba leyendo algo relacionado con su trabajo, o tal vez lo que estaba leyendo era un periódico deportivo. Al cabo de un minuto perdió la paciencia y se dirigió directamente a él.

- ¿Sería tan amable de atenderme?
- Dígame - dijo el joven sin levantar la vista de su lectura. - Podría decirme adónde debo dirigirme para poner un anuncio. - Ventanilla de clasificados. Primer piso - dijo de la misma guisa. - Muchas gracias.

El joven ni se molestó en contestar. Antes de subir al primer piso decidió fumarse un cigarro. Salió a la calle y bajo la protección de la marquesina del edificio se lo encendió. Seguía lloviendo a mares. Los charcos se iban agrandando el los huecos del asfalto y junto al bordillo de las aceras. Terminó el cigarro y tiró la colilla en uno de los charcos.


Subió al primer piso y se dirigió a la ventanilla de clasificados. Dicha ventanilla estaba atendida por un hombre que debía de estar a punto de jubilarse, dado lo avanzado de su edad. Tenía cejas espesas y despeinadas y unas gafas de montura gorda sujetas sobre la punta de su nariz.


- Buenas tardes. Aunque sea un decir, porque con la que está cayendo - dijo ella tratando de resultar simpática.
- ¿Qué es lo que desea? – contestó el hombre sin ninguna muestra de simpatía. Ella sacó la nota del bolsillo de atrás de sus vaqueros y se la dio al empleado. - Quisiera publicar esto - dijo ella. El hombre leyó la nota en voz alta. - Veinte añitos recién cumplidos. Cuerpo sensacional. Pechos perfectos para hacerte una cubana. Chochito afeitado y juguetón. Griego profundo. Francés completo. Me gusta que te corras en mi boca…

Leyó como si estuviera leyendo la lista de la compra. Se notaba que estaba acostumbrado a esa clase de anuncios. Sin embargo, ella no pudo evitar sonrojarse. Sintió tanta vergüenza que apenas pudo levantar la mirada del suelo.


- Hago todo lo que me pidas… ¿Es esto lo que quiere publicar? – preguntó él mirándola por encima de las monturas de sus gafas.
- Sí, señor – contestó ella con un hilillo de voz apenas audible. - ¿Cómo dice? - Digo que sí. - ¿Y el teléfono es el que pone aquí? - Sí. - ¿Para cuando lo quiere? - ¿El qué? - El qué va a ser. El anuncio. - Ah… Que salga a partir de este viernes. - ¿Cuántos días? - De momento, tres. El viernes, el sábado y el domingo.

Después de pagar salió del edificio. Aún tenía las mejillas sonrojadas. Se encendió un cigarro. Las manos le temblaban y no era por el frío, que lo hacía. De regreso a casa fue arrastrando un sentimiento de culpa y vergüenza que la hacían caminar encorvada y al borde del llanto. Ya no le importaba la lluvia y caminaba por en medio de la calle sin buscar la protección de los soportales. Al pasar por delante del escaparate de la tienda de ropa se detuvo y estuvo mirando durante un buen rato el conjunto que había
elegido para su hijo. Con un poco de suerte se lo podría comprar dentro de unos días.


Pepe Pereza, Putas

prólogo de Ana Patricia Moya y epílogo de David González

Groenlandia
, 2010

lo puedes descargar a través de su página: Asperezas

1 comentario:

pepe pereza dijo...

Gracias, amigo.
abrazo