Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

miércoles, 20 de mayo de 2009

Atrapado/Pepe Pereza

Estaba conduciendo por la autopista cuando le invadió un intenso sentimiento de tristeza. Sin más, sus ojos se llenaron de lágrimas que desenfocaron la visión de la carretera. No había ningún motivo aparente para sentirse triste y lo achacó a la balada que sonaba por los altavoces. Pero la canción, aunque triste, no le gustaba ni emocionaba, y le parecía propia del programa de radio que la emitía y que venía escuchando: “Los cuarenta principales”. Se había olvidado, como siempre, de poner la antena y era el único programa que el aparato logró sintonizar. El programa le parecía de lo peor, al igual que la música que ponían, pero era eso o nada. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano sin quitar la vista de la carretera y trató de averiguar el motivo de su repentino desánimo. Indagó en su cabeza y en su corazón, no encontró nada que fuera digno de la tristeza que sentía. Nunca antes le había pasado algo parecido, no era normal que un sentimiento tal le afectara tanto, y más sin tener un motivo para sufrirlo. Lo que sí era evidente era la tristeza que le atenazaba y que le estaba dejando sin fuerzas y sin respuestas. Se dio cuenta de que iba demasiado rápido y aflojó el acelerador, de ciento setenta bajó a ciento diez kilómetros hora. No era cuestión de perder el control de su vehículo por un insensato sentimiento de tristeza que no tenía razón de ser. Entonces tuvo una premonición, una especie de presagio. Supo que su tristeza se debía a que de un momento a otro iba a tener un accidente en el que perdería la vida. Por un momento no le importó. Se sentía tan triste que lo mismo le daba morir que seguir viviendo. Pero luego la tristeza se convirtió en miedo. Un miedo atroz que apenas le dejaba respirar. Buscó desesperadamente un sitio donde poder detener el coche y librarse de la amenaza, pero el arcén era demasiado estrecho como para aparcar. Siguió conduciendo. Con cada metro que avanzaba su miedo se intensificaba. No quería morir. Aún era joven y esperaba hacer muchas más cosas en la vida. De pronto se le ocurrieron cien mil cosas que necesitaba hacer antes de morir. Quiso hacer uso de la lógica y se dijo a sí mismo que su revelación no tenía fundamento, que no debía preocuparse, pero había algo en su interior, no sabía qué, que le decía que el accidente estaba al caer. Puso sus cinco sentidos en la carretera, si iba a palmarla no quería que fuese por un despiste suyo. Por el espejo retrovisor vio que se acercaba un coche a bastante velocidad. Sintió pánico, seguramente ese era el coche que le obligaría a salir de la carretera o el que le embistiese por detrás haciéndole volcar. Se vio entre un amasijo de hierros retorcidos, sangrando por los oídos y por la boca. Intentó apartar esas imágenes de su cabeza y concentrarse sólo en conducir. El coche cada vez estaba más cerca, lo veía acercarse por el retrovisor como un proyectil que iba dirigido contra él. De no ser por el quitamiedos hubiera sacado su coche de la carretera, ya que estaba convencido de que coche que le perseguía le iba a embestir. Sin embargo, cuando el coche se acercó, lo que hizo fue dar el intermitente de la izquierda anunciando el cambio de carril y le adelantó sin más incidentes. No podía ni respirar, si aparecía otro coche no sabía cómo iba a reaccionar. Estaba al borde del pánico cuando vio una señal que indicaba que a pocos metros había un área de descanso. Fue como recibir un salvavidas en aguas bravas. Llegó al desvío del área de descanso, entró y dirigió el coche hasta los aparcamientos. Quitó la llave del contacto, salió del coche y se alejó unos cuantos metros como si el vehículo fuera a explotar. Cayó de rodillas y vomitó. Echó todo el menú que horas antes había comido en un restaurante de un área de servicio. Cuando terminó intentó incorporarse pero las piernas aún le temblaban y no pudo. Siguió arrodillado junto a sus vómitos durante unos minutos, recuperándose. Afortunadamente el área de descanso estaba vacía y nadie pudo verle en tales condiciones. Por fin pudo levantarse y se sentó en uno de los bancos. Sin la presión del volante y con los pies en la tierra volvió a analizar el porqué del presagio y si tenía fundamento. Después de muchas cavilaciones no llegó a ninguna conclusión, sólo sabía, con certeza absoluta, que si volvía a ponerse al volante tendría un accidente mortal. Eso era lo realmente importante, de dónde venía el presagio era algo secundario. Miró de soslayo al coche y fue como mirar un ataúd. No había manera de sacarse el miedo de encima. De hecho, intentó encenderse un cigarro y no pudo de tanto como le temblaban las manos. Pensó en llamar a alguien para que viniera a recogerlo pero eso no haría más que empeorar las cosas. Lo único que conseguiría era implicar a un inocente y poner en riesgo su vida. Desechó la idea de pedir ayuda. Tal vez, lo mejor era alejarse de las carreteras e ir andando campo a través hasta llegar a su ciudad. Enseguida se dio cuenta de que era una insensatez, estaba a más de quinientos kilómetros y no se creía con fuerzas suficientes para emprender tal hazaña. Era como si la muerte estuviera sentada a su lado, aguardando a que él volviera a la carretera para blandir su guadaña. Intuyó que el área de servicio era tierra de nadie y que mientras estuviera allí nada malo le pasaría. En un principio se sintió aliviado, más tarde, el pánico volvió a adueñarse de él al comprender que estaba atrapado en ese lugar y no veía la forma de salir. Se quedó sentado en el banco sin saber qué hacer, temblando por el miedo, sin llegar a entender lo que estaba pasando. Pasaría la noche allí ¿qué otra cosa podía hacer? Quizás al día siguiente notase que el peligro había pasado y podría retomar su camino…

Durmió tumbado en el banco, arropado con la chaqueta y una sudadera. Apenas pudo pegar ojo, cada dos por tres se despertaba sobresaltado por alguna pesadilla. Se levantó justo antes de amanecer, con el canto de los pájaros. Le dolía la espalda y tenía muchísima hambre. No había comido desde el día anterior y para colmo lo que había comido lo tuvo que vomitar. Así que tenía el estomago vacío, se acordó de que en el coche llevaba una botella de agua y un paquete de chicles. Ese fue su desayuno, unos pocos tragos de agua y un par de chicles con sabor a mango. Después buscó un sitio apartado donde orinar, mientras lo hacía tuvo un presentimiento, que no estaba solo. Se subió la cremallera del pantalón y oteó los alrededores en busca de la presencia augurada. No vio a nadie, sin embargo él sabía que, algo o alguien, le estaba acechando.

-¿Quién eres? – gritó.

No obtuvo respuesta, tan sólo el canto de algunos pájaros que estaban por los árboles.

- ¿Eres la muerte?...

Silencio.

- Sé que eres la muerte. Aunque no te vea sé que estás ahí…

Silencio.

- ¡Maldita sea! A mí no me vas a atrapar… Todavía me queda mucho que vivir… ¿Oyes lo que te digo? Me queda mucho tiempo…

Silencio.

- Mientras esté aquí no puedes hacerme nada ¿lo sabes, no?... Pues te diré que mi paciencia es infinita y puedo esperar lo que haga falta…

Cayó en la cuenta de que tenía que avisar a sus familiares del retraso de su llegada. Estarían muy preocupados. Fue al coche y cogió el móvil. No tenía cobertura y para empeorar las cosas se estaba quedando sin batería.

- ¡Mierda!...

Arrojó el móvil dentro del coche y se giró para gritarle a la nada.

- No te vas a salir con la tuya. ¿Me oyes?…

Volvió a girarse, apoyó la cabeza sobre la carrocería del coche y se puso a berrear. Lloraba de rabia y de miedo, porque en el fondo sabía que no podría aguantar mucho sin comida. Un Opel Corsa entró en el área de descanso y aparcó a unos metros de su coche. Del vehículo salieron un joven y una chica. Él se secó las lágrimas con la mano e intentó disimilar. En un primer impulso quiso acercarse a la pareja y explicarles su extraña situación, quizá pedirles algo de comer y un móvil para llamar a los suyos. Pero cómo les iba a explicar que la muerte estaba allí esperando para llevárselo, le tomarían por un loco. Se metió dentro del coche y se encendió un cigarro. La pareja también fumaban al lado del Opel. Les miró de reojo, pensó que parecían buena gente. Seguro que si les contaba lo sucedido le ayudarían. Buscó la forma de contarles su historia sin parecer un desquiciado. Cuando quiso darse cuenta, el coche de la pareja estaba arrancando y tomando el carril que les llevaría de nuevo a la autopista.

-¡Hey! Esperad… - gritó saliendo de su coche y levantando los brazos.

Era demasiado tarde. Los perdió de vista antes de que pudiese añadir algo más. Había desperdiciado una valiosa oportunidad. Se sintió como un idiota y para desahogarse golpeó el techo del coche con el puño cerrado.

- Te ríes ¿Eh?... – dijo apuntando con el dedo índice al vacío. - … Pues que sepas que el que ríe el último ríe mejor. Esto no termina aquí. Vendrá más gente y les pediré ayuda… No, esto no se termina aquí…

Fue a sentarse al banco donde había dormido. La chaqueta y la sudadera aun estaban allí, las apartó con la mano y se sentó. ¿Y si realmente era un loco y todo era producto de su locura? No sabía qué era peor, si estar como una regadera o que la muerte le estuviera esperando. De una u otra manera estaba jodido.


Pepe Pereza...

deslumbra, como siempre


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