Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

viernes, 20 de febrero de 2009

La bruja Liboria/Pepe Pereza

La señora Liboria era una anciana que los sábados por la mañana se dedicaba a ir de casa en casa pidiendo limosna. Ella vivía sola en una casa de una planta, echa con adobe y piedras. No tenía electricidad ni agua corriente, tampoco cuarto de baño. A la entrada de la casa había un poyo hecho con piedras planas flanqueado por una gran vid que había ido creciendo salvaje, formando en la entrada de la casa una arcada vegetal que daba sombra y sosiego cuando la anciana se sentaba a ver pasar las horas. La casa estaba un poco apartada del pueblo, a unos trescientos metros de nuestro barrio y no era raro que nos acercásemos por allí. Ella nos daba higos secos y nueces, la mayoría con gusano. Mi hermana Pili se llevaba especialmente bien con ella y sentadas bajo la parra pasaban horas hablando. Nosotros, es decir, José, Jesús y yo nos manteníamos un poco al margen de aquella extraña amistad. Quizá porque nuestras conciencias nos daban un repaso por las gamberradas nocturnas a las que sometíamos a la anciana. Sabíamos que la señora Liboria no tenía ni idea de que nosotros éramos los responsables de sus males ya que cuando actuábamos lo hacíamos protegidos por la oscuridad de la noche. Esas noches de verano, cuando nuestros padres sacaban las sillas a la calle para tomar el fresco y charlar con los vecinos, nosotros tres nos acercábamos a la casa de la señora Liboria y lanzábamos piedras contra su tejado. La pobre anciana salía a la calle asustada, sosteniendo en alto un candil y vestida con un camisón blanco que le daba un aspecto fantasmagórico, realzado por su larga melena de pelo encanecido y salvaje (por el día se lo recogía en un moño). Era la típica imagen de bruja de cuento, quizá por eso, tirábamos piedras sobre su tejado, o simplemente, porque éramos unos críos inconscientes y no teníamos otra cosa que hacer para divertirnos. Normalmente nos conformábamos con tirar unas cuantas piedras y esperar a que la anciana saliera. Cuando la veíamos iluminada por el candil le escupíamos unos cuantos insultos rápidos y salíamos pitando de allí. Unas pocas noches, fuimos más allá y cruzamos el límite. Una en concreto, atamos un alambre a la altura de los tobillos, entre la parra y el poyo de piedra. Tiramos piedras contra su puerta y tejado y esperamos impacientes a que la señora Liboria, o mejor dicho, la bruja Liboria, que es como nosotros la llamábamos, saliera a la puerta. Al poco lo hizo precedida por el candil. Al asomarse tropezó con el alambre y cayó al suelo. Aún tengo una imagen clara de aquel momento. Lo recuerdo a cámara lenta. Su larga melena blanca elevándose según se precipitaba ella al suelo. Se dio un buen golpe, tuvo suerte de no romperse nada. Nosotros nos reímos a carcajadas. Dijo que nos iba a denunciar a la guardia civil y la llamábamos: “bruja asquerosa”. Recogió el candil, que aun estaba encendido y cojeando se dirigió camino del cuartel viejo. Nosotros la seguíamos a una distancia de unos pocos metros tirándole pequeñas piedras y burlándonos de sus amenazas. Si bien me divertía con aquellas gamberradas no podía evitar sentir pena por la anciana, más que nada, por esa amistad que mantenía con mi hermana y también por los higos secos y las nueces que nos daba, aunque la mayoría tuvieran gusano. Yo trataba de separar la imagen que tenía de ella por el día, cuando iba completamente vestida y con el pelo recogido en un moño, obsequiándonos con higos y nueces, y esa otra imagen de bruja con la cabellera suelta y vestida únicamente con un camisón blanco, cual espectro de la noche. Una anciana que nos hablaba dulcemente por el día y por la noche una bruja que nos insultaba con las palabrotas más malsonantes del vocabulario. Dos personas completamente diferentes. Pero yo sabía que eran la misma persona, solo que nosotros, con nuestras pedradas e insultos habíamos sacado lo peor que había en ella. Ella únicamente se defendía de nosotros, la pobre señora no tenía alternativa. Cerca del cuartel nos escondimos detrás de una tapia. Desde allí vimos como Liboria entró en el edificio. No debieron hacerle mucho caso porque a los pocos minutos salió dando gritos e insultando a todo el que llevaba uniforme. Resignada regresó por donde había venido. Nosotros, con nuestros egos hinchados por su impotencia, la acompañamos de vuelta a su casa, tarareándole toda la retahíla de insultos que habíamos aprendido. Durante todo en camino anduvo cojeando, con la cabeza baja y sin hacer caso de nuestras burlas. Llegó a casa, soltó la trampa de alambre, entró y cerró la puerta. Por muchas piedras que tiramos contra su puerta y tejado, esa noche no volvió a salir. Días después, a mi hermana y a mí nos sorprendió una tormenta de verano. Llovía a mares y de regreso a nuestra casa pasamos por delante de la casa de la señora Liboria, en ese momento ella se asomó a la calle para vaciar una palangana de agua y nos invito a entrar para refugiarnos de la lluvia. Mi hermana no se lo pensó y aceptó la invitación de seguido. Según se entraba en la casa se accedía directamente al salón. Calderos, vasos, sartenes, cubos, palanganas, estaban distribuidos por el suelo y encima de los muebles y tuvimos que tener cuidado de no tropezar con ninguno de ellos. Estaban allí por un motivo, las goteras. El techo de la casa era un verdadero colador. Dentro de la casa caía casi tanta agua como en la calle. El techo y las paredes tenían grandes ronchones de humedad y el ruido del agua al caer sobre los recipientes creaba una especie de sinfonía improvisada. Liboria colocó la palangana que acababa de vaciar debajo de una de las goteras añadiendo una nota más al concierto acuático.



- Esos sinvergüenzas me tienen el tejado destrozado. Cualquier día me moriré de una pulmonía. Y todo por culpa de esos pequeños diablos.- Dijo resignada mientras salía del salón.

Me sentí aludido. Gran parte de los desperfectos del tejado eran por mi culpa, pero nunca hasta entonces me había parado a pensar en las consecuencias de mis gamberradas. La señora Liboria entró con un plato de higos secos y nos ofreció unos pocos. Mi hermana cogió un par, yo no. Estaba demasiado avergonzado como para tener hambre. Avergonzado conmigo mismo y con mis amigos, por ser tan cretinos y por obligar a una pobre anciana a vivir en esas condiciones. Desde ese día dejamos de tirarle piedras.


Pepe Pereza nos vuelve a sorprender, como siempre, con un nuevo relato extraído de su libro inédito: Los colores de la infancia y que aquí, en la Niebla, tengo el honor y el placer de presentar... digamos que en primicia...


Somos muchos, y así me consta, que seguimos habitualmente a Pereza tanto aquí en esta Niebla como en otros blogs en los que aparece su palabra... Y desde aquí hago un llamamiento a los posibles editores para que se dejen de hostias y le lean... pues te engancha, te retuerce...te habla con la familiaridad de esa conciencia que, quizá, estemos extirpando de nosotros... Necesitamos leer a Pepe Pereza en papel...


y ya...



2 comentarios:

alfaro dijo...

Sí, que es bueno,
y no sé cómo no están aún publicados,
yo me he reído con algunos de sus cuentos, con otros se me han puesto los vellos de punta,y en otros he visto la infancia de toda una generación,
y están bien descritos sicológicamente, con dominio del lenguaje...
Un abrazo para los dos.

pepe pereza dijo...

Alfonso y Alfaro, muchísimas gracias por vuestras palabras de apoyo. Sois de lo que no hay, de verdad que me habéis emocionado.
un abrazo inacabable