Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

jueves, 15 de enero de 2009

Pepe Pereza/ Las cenizas

Santiago tenía una urna donde guardaba las cenizas de su difunta esposa. Cada vez que la echaba de menos, cogía la urna, la abría y con una tarjeta de crédito, extraía un pequeño montoncito que después, machacaba y trituraba con la tarjeta. Finalmente, distribuía el montoncito en una fina línea y a través de un cilindro de titanio esnifaba a su mujer. Esto le ayudaba a seguir adelante. Aliviaba sus penas y añoranza. Santiago consideraba su hábito, no un hecho extraño, sino una íntima y estrecha comunión con su esposa. Sólo era un acto de amor, uno más de los tantos con los que se habían correspondido a lo largo de su relación. La muerte prematura de ella los había separado para siempre, pero mientras le quedasen sus cenizas, seguiría comulgando con ella. Todos sus amigos le disculpaban, sabiendo que lo suyo era un inútil intento de acercamiento a su difunta mujer producido por el dolor. Pero no había posibles acercamientos después de la muerte. La muerte no dejaba fronteras que se pudieran cruzar. Sólo dejaba un vacío infinito y ahí no había acercamiento posible. Santiago aseguraba que cuando esnifaba las cenizas de su mujer la sentía dentro de él, que escuchaba su voz y que notaba sus caricias. Ante tales afirmaciones, sus amigos y familiares no podían hacer nada. Santiago fue abusando cada vez más de su “vicio” consumiendo su droga cada vez con más frecuencia y en mayores dosis. Las cenizas eran cada vez más escasas. Santiago, cual yonki, calculaba mentalmente las dosis que le quedaban. Como era de esperar, llegó el día en que las cenizas se terminaron. Ese día, Santiago dejó de sentir a su mujer. Llenó de agua caliente la bañera y cogió una cuchilla de afeitar...


Pepe Pereza,
perteneciente a su libro de relatos: Momentos extraños



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