Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

jueves, 18 de diciembre de 2008

Pepe Pereza/La virginidad

Pablo lloraba en el cuarto de baño de su casa. Estaba desnudo sentado sobre el bidé, sujetando su pene con la mano izquierda mientras que con la derecha agarraba un afilado cuchillo. Junto a sus pies, un ramo de rosas rojas desperdigadas por el suelo daba un toque de color a la escena… Pablo sufría una rara variante de narcolepsia. La narcolepsia ya de por sí es una enfermedad bastante rara que consiste, más o menos, en la alteración psíquica del sueño. Es decir, que cuando el paciente se excita, le sobreviene un episodio de sueño profundo que lo deja fuera de juego. Pero a Pablo, sólo le ocurría cuando se excitaba sexualmente. Por este motivo, a sus cuarenta y tres años, seguía siendo virgen. Había intentado consumar el acto de todas las maneras posibles, pero en todas, el sueño se interpuso haciéndole fracasar. Lo intentó tomando tranquilizantes, estimulantes, drogas, hierbas medicinales, baños termales, sesiones de terapia, yoga, hipnosis… Todo resultó inútil. Siempre que su pene se dilataba, él caía fulminado por el sueño. Y claro, perder la virginidad mientras estabas roncando, era bastante difícil. Por no poder, no podía ni masturbarse porque en cuanto tenía un amago de erección se iba directo al reino de Morfeo. Pablo jamás sintió el placer que da un orgasmo, y dudaba que lo sintiera alguna vez. A no ser que alguien encontrase una cura satisfactoria. Los médicos eran incapaces de ayudarle, cada uno tenía un diagnóstico diferente, a cada cual más disparatado. Uno, incluso, llegó a decirle que su volumen sanguíneo era demasiado escaso y que cuando el pene reclamaba la porción de sangre necesaria para la erección, esa sangre era recogida directamente del cerebro. Éste, al quedarse sin riego, lanzaba un aviso de alerta que culminaba en un episodio de sueño. ¡Increíble! Hasta ahora su vida había sido un infierno, un tremendo desbarajuste hormonal y emocional que lo mantenía apartado de la rutina de cualquier persona normal.
Porque él se sentía tremendamente anormal, una especie de marciano inadaptado en lucha permanente con su sexualidad y su rara enfermedad. Lo llevaba mejor que años atrás, cuando era un adolescente que se empalmaba simplemente por respirar. Esa fue sin duda, su peor etapa, donde la enfermedad se hizo patente en su grado máximo. En un día normal, podía llegar a sufrir de cuarenta a cincuenta ataques de sueño profundo. Los tenía en cualquier sitio, en la biblioteca, en las clases, en el gimnasio, en las discotecas, en plena calle… Un día en la piscina, estuvo a punto de ahogarse al entrever un poco de vello púbico que sobresalía del biquini de una jovencita. Otro, de poco es atropellado por un autobús por mirar una gran valla publicitaria con una modelo impresionante que anunciaba una marca de lencería. Otro, se rompió el tobillo derecho en clase de gimnasia al caerse de la cuerda que trepaba. Por lo visto, el roce de la cuerda con sus genitales provocó el incidente. Sucesos como éstos o parecidos eran tan habituales que se habían convertido en rutina. Una vez que la adolescencia fue dando paso a la juventud, las cosas se calmaron un poco, aunque los ataques de sueño seguían siendo constantes y le impedían relacionarse, no ya con mujeres, sino con todos los que le rodeaban. Los amigos eran cada vez más escasos y sus familiares menos cercanos, le veían como un bicho raro que era mejor evitar. Quizá por ello se fue volviendo más y más introvertido y cobarde. La juventud dio paso a la madurez y su vida se estabilizo un poco. Seguía teniendo sus accesos de sueño pero ya no eran tan frecuentes y de alguna manera, había aprendido a evitarlos. El caso es que hacía unos cuantas semanas que Pablo había conocido a Lara y después de entablar amistad y salir unas cuantas veces juntos, decidieron ser algo más que amigos. Pablo estaba muy nervioso porque sabía que la hora de follar estaba cerca. Por ahora, había intentado esquivar todo lo relacionado con el sexo, aún así, Lara se le acercaba cada vez más y más. Notaba como ella trataba de dilatar los pocos besos que se daban. Percibía su respiración entrecortada y su cuerpo sobrecogido. Pablo, en cuanto subían un poco de tono, se disculpaba con lo primero que se le ocurría, excusándose con tonterías que ni el más tonto se creería. No se atrevía a dejarse llevar pero tampoco a confesarle el problema. Las disculpas y las excusas se le estaban acabando y pronto tendría que enfrentarse a la situación. No era la primera vez que pasaba por esto, y seguramente no fuese la última. Pablo sabía que lo mejor era ir con la verdad por delante, aunque la mayoría de las veces, por no decir todas, sus aspirantes a amantes al saber de su rara enfermedad terminaban perdiendo la paciencia y abandonándolo por alguien más dispuesto. De ahí su recelo a la hora de confesar a Lara su problema. No estaba para otro desengaño, Lara le gustaba mucho y no quería perderla, por eso iba a hacer todo lo que estuviese en su mano para que lo suyo prosperase. Pensó en hacerle una visita sorpresa y contarle, de una vez por todas, la verdad. Si ella le quería tendría que aceptarle tal y como era. De camino, paró en una floristería y compró un ramo de rosas rojas, tratando de darle un toque romántico a su inminente confesión. Al pasar por delante de una cafetería que estaba muy cerca de la casa de Lara, la vió sentada en el interior. Estaba guapísima, engalanada con un ligero vestido de color verde pistacho. Abrió la puerta del local y entró dispuesto a sorprenderla. Justo en ese momento, un hombre joven de aspecto saludable se acercó a Lara por detrás y la abrazó acogiéndole los senos con sus manos. Ella se giró y le beso apasionadamente. Pablo se quedó petrificado en el umbral de la puerta, mirándolos con cara de idiota y sin dar crédito a sus ojos. Salió de la cafetería de regreso a casa. Fue un mazazo tremendo para su orgullo, durante el camino estuvo a punto de echarse a llorar. Después de todas las preocupaciones y desvelos que había padecido, se lo pagaba así… Pablo acercó el filo del cuchillo a la base de su pene. Quería acabar con el problema de raíz. Ya estaba harto de tanto sufrimiento y esa era la mejor manera de ponerle fin. El frío del acero le hizo estremecerse y las lágrimas desenfocaron la visión del cuarto de baño. Las rosas le parecían manchas de sangre sobre las baldosas, como en una especie de premonición de lo que estaba a punto de hacer. Por un instante retomó la imagen de Lara siendo abrazada. Recordó sus senos, sus pezones endureciéndose con las caricias del joven, haciéndose notar en su vestido verde pistacho. Entonces Pablo tuvo un amago de erección y se desmoronó sobre las rosas.


Pepe Pereza,
perteneciente a su libro de relatos: Momentos extraños

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