Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

viernes, 28 de noviembre de 2008

EL ALIENÍGENA/Pepe Pereza

Román llegó a casa a mediodía, después de pasarse la mañana en la oficina del paro. Tampoco ese día había tenido suerte. Sentía lo que todos los días, una amalgama de sensaciones que desembocaban en una más profunda y palpable, la del fracaso. Se tumbó en el sofá, derrotado, y encendió la tele con el mando. A esas horas solo ponían basura, pero necesitaba evadirse de la realidad. En la pantalla vió a un hombre de avanzada edad, vestido estrafalariamente. Román subió el volumen. Por lo que pudo deducir, el hombre afirmaba ser alienígena. El público asistente se lo estaba pasando bomba con los comentarios del tipo. Se reían a carcajadas con cada una de sus aclaraciones. Y lo malo es que se reían del individuo en cuestión. La entrevistadora, contagiada por las risotadas del público, perdió la compostura en un par de ocasiones, soltando unas sonoras carcajadas en mitad del discurso de su invitado. Aquello era un cachondeo. Todos se reían sin ningún pudor de pobre hombre que decía pertenecer a otra galaxia. ¿Por qué ese tipo aguantaba todas las burlas? Román dedujo que lo hacía por dinero. La productora del programa debía haberle pagado una buena suma. De otra forma, Román, no entendía que alguien se dejase humillar así delante de todo el país. Por otro lado ¿qué podía criticarle él? Ese tipo, por lo menos llevaba un sueldo a casa, cosa que él era incapaz. Tan humillante era salir en la tele vestido como un pelele que regresar a casa sin haber conseguido un trabajo. Ahí estaba otra vez la maldita sensación de fracaso. Un leve dolor de cabeza y la presión en el pecho. Román estuvo a punto de echarse a llorar. De pronto, se sintió identificado con el tipo de la tele y odió a todos por reírse de él. La presión en el pecho le estaba dejando sin aire. Necesitaba salir de la rutina del fracaso y huir, huir hacia delante, sin volver la vista. Tal vez, ese tipo se había sentido así, y el fracaso y la desesperación le obligaron a tomar la decisión de ser alienígena. Quizá quiso huir tan lejos que su mente viajó hasta una lejana galaxia y allí se quedo. Román se puso en la piel del tipo y se preguntó si él sería capaz de pasar por la misma pantomima delante de todo el país. Lo pensó detenidamente. Llegó a la conclusión de que todo dependía de la cantidad de pasta que le pagasen. Apagó el televisor y siguió pensando en ello. Al rato llegó Sonia, su mujer. Llevaba una bolsa de la carnicería del mercado. Entró directamente a la cocina y dejó las asadurillas en la nevera. Llevaban toda la semana comiendo lo mismo, pero era la única manera de llegar a fin de mes. Finalmente, Sonia se reunió con Román en el salón.


- ¿Cómo te ha ido? Dijo ella con un tono de voz cansino.

- Siéntate. Quiero decirte algo.


Sonia intuyó que aquellas palabras escondían algo malo.


- ¿Qué pasa?


Román pensó que si conseguía convencerla, tal vez tuviese una oportunidad.

- Soy un alienígena.


Si conseguía que ella le creyese también lo harían otros.


- ¿Qué dices?

- Soy un alienígena. Tienes que creerme.


Si lo conseguía podría acudir a un programa de televisión y convencer a todo el país. Si lo conseguía podría ganar mucho dinero y dejar de comer asadurillas a diario. Si lo conseguía habría vencido. Y una victoria para alguien que está acostumbrado al fracaso es un gran éxito. Un principio.


- ¿Has estado bebiendo?

- Sonia, lo soy. Soy un alienígena.

Sonia acercó su nariz y trató de oler su aliento.


- Apestas a vino.

- Te digo que es verdad.

- ¿Así buscas trabajo? Yendo de bar en bar.

- Sonia, cariño, tienes que creerme.

- ¿Creer qué? ¿Que eres un puto marciano? ¿De dónde has sacado esa tontería?

- No es ninguna tontería. Lo soy.

- ¿Cuántos vinos te has tomado?

- Lo soy.

- ¿Cuántos?

- Cinco o seis, no sé.

- Por las bobadas que estás diciendo, seguro que son algunos más.

- Sonia, por favor. Tienes que creerme.

- Estás borracho.

- No. No lo estoy.

- Pues entonces te has vuelto loco, que es peor.


Román estrelló el mando de la tele contra la pared. La rabia le hizo ponerse en pie, amenazante.


- No estoy loco.


Sonia se quedó paralizada por el miedo.


- Soy un extraterrestre.


Sonia lo miró fijamente. Se llevó las manos a la boca, a punto de echarse a llorar.


- ¡Ay, Dios mío! Que lo dices de verdad.

- Lo soy.

- ¡Ay, Dios! ¡Que te has vuelto loco!


Sonia retrocedió hasta la puerta. Román avanzó hacia ella gritando cada vez más alto.


- Soy un alienígena. Lo soy. Lo soy. Lo soy…


Sonia huyó de la casa gritando a su vez.


- Mi marido se ha vuelto loco. Loco…

- Lo soy. Lo soy. Soy un alienígena…


Román siguió gritando con todas sus fuerzas para que todos pudieran oírle. Quería sacarse el fracaso de sus entrañas. Sacarlo a base de gritos. Como en un autoexorcirmo. Al cabo de unos minutos se quedó sin voz y cansado se recostó en el sofá. Los gritos de su mujer rebotaban dentro de su cabeza como ecos lejanos de voces extrañas.


- Loco. Loco. Loco. Loco. Loco. Loco. Loco. Loco…


Pepe Pereza

... se sale, tú

...


2 comentarios:

BACO dijo...

Sí, señor. Todo con tal de salir del ostracismo. Así actuó el que mató a Lennon. El tema es que nadie puede desmentir que todos tengamos culpa de esto en cuanto que la sociedad que vivimos es la que hemos creado.
Esa es la clave.

pepe pereza dijo...

por ahí van los tiros.
un abrazo, baco.