Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

miércoles, 8 de octubre de 2008

LOS RELÁMPAGOS/Pepe Pereza

Una pareja de la guardia civil escoltaba al pobre Félix hasta las afueras del pueblo. El sargento Ochoa caminaba mirando de reojo a los nubarrones que se aproximaban, mientras que López (el otro guardia) empujaba nervioso la silla de ruedas donde iba sentado Félix, éste último no paraba de insultarlos e increparlos con su voz gangosa y entrecortada:

-Cabrones, hijos de puta. Que no tenéis corazón.


Era lo único que podía hacer para defenderse, ya que Félix era paralítico de cintura para abajo, un rayo le dejó así. Mejor dicho, tres rayos, porque a Félix le habían alcanzado no uno, ni dos, sino tres rayos. El primero fue cuando tenía catorce años, por entonces era pastor y un día que las ovejas pastaban en el monte se levanto una gran tormenta. Félix intentó reunir al rebaño cuando un rayo le golpeó de lleno. Sobrevivió, pero perdió la sensación de frío y casi el habla, desde ese día le cuesta un gran esfuerzo articular las palabras y les da un tono gangoso y entrecortado. El segundo rayo le pilló a la salida de la iglesia. Félix contaba ya con veinte años y estaba a punto de irse a cumplir con su servicio militar. Resulta que los quintos del pueblo salían de la iglesia un domingo por la mañana, después de escuchar una misa en su honor. Entonces el cielo descargó el segundo rayo contra el pobre Félix. Él sobrevivió pero sus cinco compañeros no, quedaron totalmente achicharrados. Como resultado Félix se quedó sin pelo en el cuerpo, el rayo lo dejó totalmente calvo y sin cejas, dándole un aspecto de lo más siniestro. Desde entonces los vecinos del pueblo le culpaban indirectamente de la muerte de los cinco compañeros, murmuraban y le criticaban resentidos, algunos decían que estaba maldito, otros que solo era mala suerte y los más dolidos proclamaban que era el hijo del diablo. El tercer rayo fue el que lo dejó sentado para siempre en la rudimentaria silla de ruedas, ocurrió justo tres años después de los funerales de los cinco quintos. Félix estaba ayudando a Nicolás a ordeñar sus vacas, entonces el rayo entró por el tejado de la cuadra impactando de lleno en él, la electricidad recorrió su columna vertebral, destrozándosela y dejándole paralítico de cintura para abajo. Lo peor de todo fue que la descarga también mató al bueno de Nicolás y a la totalidad del ganado. Los vecinos que estaban convencidos de la mala suerte de Félix, ahora no lo veían claro y se unieron al grupo de los que creían que estaba maldito, convocaron un pleno en el ayuntamiento para decidir que medidas se iban a tomar para prevenir futuros accidentes. Después de mucho discutir llegaron a un acuerdo: Cuando el cielo viniese negro y con nubarrones, una pareja de la guardia civil se encargaría de escoltar a Félix a las afueras del pueblo y dejarlo allí hasta que pasase la tormenta. Para tal objeto, levantaron una especie de caseta (parecida a las paradas de autobús) con una tejavana que servía de tejado para protegerlo, si no de los rayos, al menos de la lluvia y el frío… La tormenta se aproximaba y el sargento Ochoa ordenó a López acelerar el paso, no tuvo que insistir, ya que López sentía una aversión exagerada a las tormentas eléctricas, quizá porque años atrás fue testigo directo de la fatídica descarga a la salida de la iglesia y vio en primera línea como se freían los quintos, salvándose él de milagro. Félix intentaba inútilmente resistirse y continuó insultándoles con su voz gangosa y entrecortada durante todo el camino, lloraba de rabia e impotencia meneando los brazos con movimientos torpes y acentuados, como las aspas de un viejo molino que se han salido de sus ejes y son incapaces de girar formando un círculo perfecto. Al poco llegaron a la caseta y dejaron a Félix protestando dentro, cerraron la portezuela con un candado y finalmente se fueron presurosos de allí. Mientras se alejaban oían los gritos amortiguados del pobre Félix, suplicando que no lo dejasen ahí y que tuviesen piedad. El sargento Ochoa notó como un par de gotas de lluvia se estrellaban en su cara y aceleraron el paso. El cielo estaba cada vez más negro y la llovizna dio paso a una borrasca intensa.


- Esta va a ser de las gordas – Presagió López.

- Corre que nos vamos a calar – Ordenó el sargento Ochoa echando a correr.


Según se alejaban, las protestas de Félix fueron dejando paso al sonido intenso de la lluvia golpeando contra el suelo. De pronto un trueno ensordecedor retumbó por todo el valle, la tormenta había llegado.


gracias Pepe, por tu interes, por tu cojonudo relato... os escribo de Nueva Orleans... ya os contare... sin acentos... pero viviendo el Blues a dolor...
un abrazo

4 comentarios:

percepcionesindebidas dijo...

qué bueno.
en serio.

pepe pereza dijo...

muchas gracias, percepcionesindebidas.

pepe pereza

CARLA BADILLO CORONADO dijo...

Alfonsooooooo:

tu en nueva orleans... yo acabo de regresar de mi ruta por las tierras del norte, pero por la otra dimensión de ese pais esquizofrénico. You know what I mean. Sí, estoy en Kitu, pero parto el domingo hacia España.... no puede ser que nno te vaya a ver... sabes que eres unos de los viejos amigos.... de los que no hacen falta las palabras porque está el abrazo, desde donde sea, se siente el abrazo.... Y yo que ya afile la garganta para pintar de azul el vacío.

anyway, se te quiere, xen.

Carla Blue.

CARLA BADILLO CORONADO dijo...

... y en cuanto al relato, qué puedo decir... pepe ya es uno de los que acompaña mis pasos, y yo los suyos. Abrazo andino y viajero a los dos.