Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

domingo, 28 de septiembre de 2008

Automutilaciones/Pepe Pereza

Por la radio acababan de anunciar que un año más el Barcelona se proclamaba campeón de liga. Amadeo apagó el aparato con rabia. Él siempre había sido del Madrid y su derrota le jodía y amargaba. La estrechez de su celda se hizo evidente cuando trató de dar unos cuantos pasos para calmarse. Aquello era una clara señal, debía actuar de inmediato, protestar cómo siempre lo había hecho: automutilándose. Amadeo estaba seguro de que esa era la mejor manera de que le tuvieran en cuenta. Si alguien era capaz de cortarse un pedazo de su propia carne para protestar por algo, es que ese “algo” era importante, y protestar por perder la liga, sin duda lo era. Amadeo estaba loco, pero él no lo sabía. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices de sus anteriores “protestas”. Todo empezó hace años, en La Habana, estaba de vacaciones allí y durante esos días tropicales se fue enamorando de una mulata impresionante que le acompañaba día y noche por unos pocos dólares. Todo iba bien hasta que se le ocurrió pedirle que fuera su esposa. Esa misma tarde, y sin previo aviso, la mulata desapareció para siempre. Sólo dejó una manzana mordida cómo prueba de su despedida. Amadeo enloqueció, algo se rompió en su cabeza a la vez que en su corazón. Al día siguiente, mientras la buscaba desesperado por las ajadas calles de La Habana, se vio en medio de un gran gentío. Fidel Castro estaba dando uno de sus largos discursos. Allí, en medio de la multitud, Amadeo sintió por primera vez la imperiosa necesidad de “protestar”. Quería que toda la Habana, incluido Fidel, se enterasen de su dolor. Sin pensarlo se bajo los pantalones, abrió una navaja made in Albacete, se cortó un testículo, el derecho, y se lo arrojó a Fidel. El testículo impactó de lleno en la cara del líder cubano y Amadeo fue arrestado de inmediato. Fue fácil identificarle en medio de tanta gente, ya que era el único que llevaba los pantalones bajados mostrando los muslos ensangrentados y un boquete en el escroto. Después de pasar unas semanas recuperándose en el hospital de la prisión fue trasladado a un pequeño y oscuro calabozo donde pasó casi un año antes de que lo mandasen de vuelta a España. Durante ese año, Amadeo empeoró y su locura se hizo más aguda. Cada vez que algo no le gustaba se las arreglaba para conseguir una pieza afilada y con ella se cortaba un trozo de carne que hacía llegar a sus carceleros cómo prueba evidente de su inconformismo. Los responsables de la prisión se hartaron de las locuras del españolito y decidieron que lo mejor era enviarlo de regreso a su madre patria. Pero en España las cosas no fueron a mejor, su cordura estaba ya tan mellada cómo su cuerpo. Intentó por todos los medios regresar a La Habana. En su corazón había una herida abierta y necesitaba a su amada mulata para cerrarla, pero le fue imposible, tenía vetada la entrada en la isla, de por vida. Después de varios altercados públicos terminó en una celda de la Modelo, en Barcelona. Amadeo siguió “protestando” y mandando pedazos de si mismo a los carceleros, hasta que lo pusieron en un régimen especial con vigilancia intensiva. Todos los días registraban su celda a fondo en busca de elementos cortantes, no se le permitía mezclarse con los demás presos y lo mantenían aislado de todo y todos. Aún así, consiguió varias veces arrancarse a mordiscos partes de sus brazos y hombros. Cada vez que esto ocurría, era trasladado de inmediato a la enfermería de la prisión hasta que sus heridas cicatrizaban. Su vida se había convertido en un constante ir y venir de la celda a la enfermería y viceversa. Llevaba casi ocho meses sin poder “protestar”, la estricta vigilancia a la que era sometido se lo impedía, pero desde hacía unas semanas había notado a los guardias más distraídos de lo habitual, así que decidió pasar a la acción. Puso el aparato de radio en el suelo, lo cubrió con una manta para amortiguar el ruido y con el pie lo aplastó, apartó la manta, eligió uno de los fragmentos, el más afilado, y con él fue cortando poco a poco un pedazo de la parte inferior de su muslo derecho. Según iba brotando la sangre Amadeo se reía a carcajadas, otra vez se había burlado de sus carceleros, otro pedazo que añadir a su siniestra colección, otra victoria. El dolor nunca fue un impedimento para sus “protestas”, él estaba acostumbrado a sufrir. Además el dolor de sus amputaciones no era comparable al que sintió aquella tarde en la Habana, cuando llegó a la habitación de su hotel y en vez de a su mulata encontró aquella manzana. El carcelero dio la voz de alarma y entró en la celda. Amadeo le esperaba riéndose a carcajadas, sosteniendo en su mano un trozo de carne ensangrentado.


- Esto se lo dais, de mi parte, a los holgazanes del Madrid… – Dijo Amadeo en medio de sus carcajadas. - …Que no merecen la camiseta que visten. -


Estaba siendo devorando por su locura, por él mismo, en un acto desesperado de amor, porque cada vez que se automutilaba lo hacía inconscientemente por ella, por su mulata del alma, esa misma, que al igual que Eva con Adán, le dejó una manzana mordisqueada cómo prueba evidente de su pecado.


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