Blues entre la Niebla

Blues entre la Niebla
Alfonso Xen Rabanal por Ángel Córdoba

jueves, 14 de agosto de 2008

la Niebla cumple/ pepe pereza


EL INCENDIO

Evaristo estaba sentado en el sofá viendo la tele, más concretamente, las noticias de las nueve de la noche. En la pantalla el locutor decía con preocupación que ante tanta sequía seguro que habría incendios. A Evaristo le gustaba ver las noticias mientras hacía la digestión, esa noche se había metido entre pecho y espalda dos platos de callos para cenar, para cualquier otro eso hubiese sido una exageración, pero para él sólo era un tentempié. Pesaba ciento cincuenta y seis kilos y medía más de dos metros de estatura, era una bestia parda con un estomago insaciable. Clara, su mujer, había tratado mil veces, sin éxito, de ponerle a dieta, pero su marido era un saco sin fondo donde podías vaciar la nevera entera y él ni se hubiese inmutado. De pronto, empezó a sentir un ligero ardor de estomago al que no dio ninguna importancia. Clara fregaba los platos en la cocina intentando memorizar la compra que tendría que hacer al día siguiente. Evaristo comenzó a sudar, el ardor de estomago empezaba a ser molesto. Tendría que haber hecho caso a su mujer y no abusar tanto del picante.

- Clara, hazme una manzanilla.
- Ya te advertí que no te echases tanto picante. Le gritó Clara desde la cocina. En cuanto termine de fregar, te la llevo.

Evaristo sudaba cada vez más, grandes chorreras caían desde su frente para terminar empapando el cuello, pecho, espalda y sobacos de su camiseta. Sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se secó el sudor del cuello y cara. Intentó incorporarse del sofá pero sólo logró echar un eructo que al salir por su boca se prendió en un pequeño fogonazo azul, parecido a los que echan los dragones de las películas de dibujos animados. Nunca antes le había pasado algo parecido. Intentó, de nuevo, incorporarse, las fuerzas no le respondían, seguía sudando a chorros y su rostro se fue volviendo de un rojo intenso. Llamó a su mujer pidiendo ayuda…

- Clara…
- Enseguida te la llevo, déjame terminar con esto. Le contesto Clara desde la cocina.

Un pequeño chispazo de electricidad estática producido por el roce contra el sofá fue el detonante de la combustión espontánea. Evaristo no pudo hacer nada, en cuestión de segundos estaba ardiendo como una gran antorcha impregnada de aceite. Minutos después, cuando Clara le llevó la manzanilla vio aterrada cómo el salón estaba lleno de humo negro, en el sofá había un gran ronchón aún incandescente y en el suelo dos zapatillas de andar por casa enfundadas en dos tobillos carbonizados, el resto de su marido eran cenizas.

Pepe Pereza, inconmensurable y siempre bienvenido él, nos sigue deleitando con su particular visión de este -supuesto- tórrido agosto...

con este relato participa en: La venganza del Inca

gracias de nuevo, pepe... no sé a qué espera la peña para concursar... bueno, al menos te mereces que te toque algún libro... suerte...


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